luisgarciareal

Un lugar donde publicar algunos relatos.

Ésta mañana me he levantado cansado. El maldito arresto domiciliario que estamos viviendo me está ganando poco a poco. No tengo ganas de hacer nada. Planifico, me digo mil veces a mi mismo que debería de ponerme a trabajar lo antes posible, aplazo tareas... Pero al final, nada de nada. Y así día tras día. A esto los psicólogos lo llaman procrastinación, una mierda más inventada para ganar dinero. Mi padre lo llamaba “hacer el vago”, y creo que ha existido desde que el ser humano existe. Tiene poco que ver con el mundo moderno y sus muchas tonterías.

“Hacer el vago es algo malo”, nos han dicho desde siempre. No se puede estar parado, mirando al techo, perdido en pensamientos no productivos. Hay que trabajar, trabajar, trabajar. Hay que estar constantemente en movimiento, no vaya a ser que el universo se pare. Y ahí quizás está la cuestión. Nos han engañado siempre. Viviremos en éste mundo un muy corto espacio de tiempo. Tan pequeño, que aunque creamos que sí, no dejaremos huella en ésta tierra. Si redujéramos la historia de la Tierra a veinticuatro horas, la humanidad llevaría sobre ella apenas dos segundos, los últimos dos segundos. Los dinosaurios se habrían extinguido hace veinte minutos. Y nosotros no creo que tardemos más de un par de horas en desaparecer, a pesar de que nuestro egoísmo nos haga creer que estaremos en éste mundo para siempre. Desapareceremos como todas las especies que han existido y que existirán. Pero en lugar de aprovechar el corto tiempo de vida que se nos concede disfrutando del espectáculo que el universo pone delante de nosotros, nos ponemos a correr a lo loco y en todas direcciones, desde casi el momento en que nacemos. Puede que la infancia sea la época en la disfrutamos de más libertad, pero enseguida el mundo nos mete prisas para que comencemos a movernos. El movimiento perpetuo es la humanidad. Las hormigas y abejas no lo son. Ellas hibernan una vez al año.

Quizás todo sea una estrategia para distraernos de las cosas importantes. Para que no pensemos, para que digamos a todo que sí sin apenas recapacitar. Una forma de tenernos retenidos en el rebaño que es ésta maldita humanidad, gobernada por leyes civilizadoras, más que civilizadas. Somos robots programados por eso que llamamos sociedad, que, aunque existan muchas y de muy distintos tipos, todas consiguen lo mismo: La sumisión. Y así, nos convertimos en seres libres y sumisos. Sumisamente libres...

Quizás comencé éste texto queriendo hablar del encierro domiciliario y ésta maldita procrastinación me haya hecho, nuevamente, perderme en divagaciones.

Quizás la libertad sea, simplemente, tener derecho a divagar.

El hombre visitaba pocas veces el pueblo. No era muy sociable y prefería estar alejado de las personas. Nunca le trajeron nada bueno. Creció en una casa pobre, donde su padre le enseñó a sobrevivir, pero no a convivir. Aquel hombre le crió solo, ya que la madre murió en el parto. Él también era huraño. Y violento. Todas las semanas recibía una paliza, por las causas más diversas. Cuando fue un adolescente, comenzó a sospechar que su padre pagaba en él todas sus frustraciones. Un día se rebeló y se atrevió a defenderse. Su padre trató de clavarle uno de los cuchillos de la cocina, el más grande que encontró, y él, temiendo por su vida, fue capaz de forcejear, arrebatárselo y clavárselo en el pecho. Mató a su padre en defensa propia, pero él no sabía qué era aquello. Temió que las autoridades le encerrasen, y por eso, se marchó de aquel pueblo para siempre.

Aquel hombre, en la soledad, encontró el consuelo que nunca tuvo. La naturaleza le alimentaba y él aceptaba de buen grado todo lo que le enviaba. No necesitaba más. En su huida, tras vagar por las sierras durante meses, encontró una vieja cabaña abandonada. Estaba casi en ruinas, pero el paraje donde se encontraba le gustó y decidió restaurarla. Allí llevaba viviendo ya cinco años. Cinco años de soledad y recogimiento. De calma en el alma. De paz.

El hombre apenas sabía leer. Fue unos años al colegio, hasta que su desarrollo físico le permitió ser lo suficientemente fuerte como para realizar las labores de la finca familiar. Entonces, su padre lo sacó de la escuela y lo puso a trabajar. Pero en la cabaña encontró algunos libros, húmedos y rotos, que el leyó con paciencia. Al cabo del tiempo, se los sabía casi de memoria, de tanta afición que le cogió a la lectura. Uno de ellos era la biblia. Otros eran libros de agricultura y ganadería, que le sirvieron para organizar y explotar su granja de la mejor manera posible. Los demás, libros extraños que estaban escondidos dentro de una de las paredes. Hablaban de magia, demonios, poderes sobrenaturales y cosas así. Él nunca llegó a entenderlos bien, y siempre pensó que eran una sarta de tonterías. Llevaba mucho tiempo viviendo en mitad de la nada, y nunca vio nada de lo que aquellos libros mencionaban.

Él creía que la naturaleza era cristalina. Nunca ocultaba nada. Todo estaba a la vista para los que supiesen mirar. Por eso, todo aquello que trataba de alterar la naturaleza de forma mágica le sonaba a fantasías y niñerías. Aquella mañana, para demostrarse a sí mismo que el diablo no existía, realizó unos conjuros que había en uno de los libros para invocarlo. Tras un par de horas practicando el ritual al pie de la letra, desistió. Aquel tipo con cuernos y patas de cabra no se presentó a la llamada. El resto de la mañana la dedicó a sus tareas, y por la tarde, tras comer, fue a pasear por el bosque. Le gustaba entrar en silencio, para poder sorprender y observar a todas las criaturas que allí habitaban.

Por la noche hizo una hoguera frente a la casa con la intención de prepararse carne a la brasa para cenar. El cielo estaba despejado, y las estrellas, infinitas, tan cercanas a la tierra, que pensaba que si estiraba el brazo podría tocarlas. Ante aquella visión, el hombre decidió dormir al raso, al lado del fuego, bajo aquel techo de luz lechosa. Pero mientras preparaba el jergón, escuchó, a lo lejos, una voz que gritaba. Vio una silueta que salía del bosque en dirección a la cabaña. El hombre rápidamente empuño su cuchillo de caza.

Poco a poco la silueta se fue acercando, para mostrar lo que parecía un monje, con su cogulla negra y su cordón a la cintura. Por la voz parecía un anciano, pero la capucha impedía ver su cara.

—¡Buenas noches, hijo! Espero no haberte asustado. Me he perdido y busco cobijo. Me llamo Samael.

El hombre se fijó que caminaba lentamente, cojeando quizás un poco. No le pareció peligroso, por lo que guardó su puñal en la funda que llevaba a la cintura. Tras presentarse y ofrecerle asiento y comida junto al fuego, se sentó al otro lado de la hoguera. No quería estar muy cerca del desconocido.

—¡Bonito lugar éste donde vives! —Dijo Samael—. Aquí parece que tienes todo lo que necesitas para vivir. —Sí. No necesito nada más. —¿No sientes curiosidad por conocer a otras personas, por ver otras partes de éste mundo? Mira que hay cosas maravillosas más allá de éstas montañas. —No. Nunca he sentido curiosidad por nada. —Eso no puede ser verdad. El hombre es curioso por naturaleza. —Pues yo no lo soy. ¡Se lo juro por Dios! —No jures en vano, hijo mío. Dios siempre nos observa. —¿Por qué dice eso? ¿Acaso duda de mí? —Perdóname. No he querido ofenderte. Gracias por la cena. Si me indicas el camino para ir al pueblo, seguiré mi camino. Hace una noche preciosa para caminar.

El hombre, celoso de su intimidad, le dio las indicaciones y lo despidió. Tras vigilar un rato para comprobar que el anciano realmente se alejaba de sus tierras, se metió en la casa. Ya no se sentía seguro durmiendo a la intemperie.

Cuando abrió los ojos, todo era luz. Pero era distinta, no era luz solar. Era como la luz que se crea dentro de una cueva húmeda, con una gran hoguera. Las sombras bailaban por las paredes.

A su lado, estaba su padre.

—¡Hijo! ¡Qué has hecho! ¡Llamaste al diablo! —¡Pero padre! No vino! —gritó. —¡Hijo! ¡Perdóname por todo el mal que te he hecho! Esto es el infierno. Mañana estarás aquí conmigo. ¡Lo siento!

El hombre despertó. Vio que estaba en su cama. Salió fuera. Junto a la hoguera, vio las huellas de lo que parecía una cabra que hubiera caminado sobre dos patas. Supo que ese día moriría.

El fuego que ardía en la chimenea era el único punto de luz de aquella enorme sala. Frente a él, la butaca ocupaba el puesto de honor junto a las altas llamas. Todo lo demás era oscuridad.

Desde la puerta de entrada al salón, aquella chimenea se veía como una lejana estrella brillando en el vacío del espacio. No había otros puntos de referencia. No había ruidos. No había ninguna señal de vida.

Y como si fuese una triste polilla atraída por la luz de una farola, aquella chica miraba desde la distancia la chimenea, aterrorizada.

Vestía un sucio camisón blanco. Nada más. Tenía el pelo enmarañado y sucio y sangraba por las manos, los pies y las rodillas. Sus ojos, si hubiesen estado iluminados debidamente, hubieran reflejado una mirada de terror. Pero hacía mucho tiempo que no veían la luz.

Su instinto le decía que no se acercase a aquel fuego, pero tenía frío. Sabía que la estaban buscando, y que allí la encontrarían. Su mejor opción era seguir caminando por aquellos pasillos oscuros y húmedos, pero estaba muy cansada. Ya no resistía más.

Apenas comenzó a caminar hacía la chimenea, cuando un brazo apareció, de repente, por el lado derecho de la butaca. Se detuvo. Un hombre alto se levantó y se giró hacia ella. La iluminación del fuego, a sus espaldas, mostraba a la chica solamente una sombra, una silueta amenazadora.

Durante unos segundos eternos, aquel hombre a contraluz no se movió. Después, extendió un brazo hacia ella, señalándola como si la estuviese condenando. Pero no dijo nada.

La mujer se tapó la boca con sus manos. Quería gritar, pero el terror que sentía se lo impedía ¡Aquel hombre sin rostro, con aquel sencillo gesto, había sido capaz de inmovilizarla!

A continuación, una voz profunda abandonó la luz y viajó, lentamente, hasta ella.

–¡Helena! Por fin has aparecido –habló la sombra. Ella dio un paso temeroso hacia atrás. Conocía aquella voz. La había escuchado muchas veces entre los muros de aquel castillo. ¡Joel! Él era el hombre que la retenía allí, en aquel extraño lugar. Él sería quien la drogaba y la hacia perder la consciencia cada dos por tres. ¡Él era su captor y su torturador!

–Libérame, Joel. ¡Te lo suplico! –dijo con un quejido la mujer–. Libérame y déjame marcharme de este lugar. Quiero regresar con los míos. ¡Te lo pido por favor!

El hombre parecía asustado. Sus ojos desprendían miedo y rabia. Permaneció unos segundos en silencio, como si las palabras de la mujer hubieran tardado más de lo normal en llegar hasta sus oídos. Después, desesperado, grito:

–Veté. aléjate de mí. Vuelve a la sombra.

La mujer no pareció escucharle. Trató de avanzar hacia el hombre, pero algo la retenía.

–¡Por favor! Permite que vuelva con los míos. ¡Es lo único que pido! –gritó.

–¿Por qué no dejas de atormentarte? Regresa a tu sitio –dijo él.

–¡No! ¡No quiero volver allí! ¡Déjame libre, por favor! –gritó ella.

–¡Lo siento, Helena! – Y el hombre se puso a llorar.

La mujer sintió cómo una fuerza poderosa la tomaba por la espalda y la arrastraba, nuevamente, hacia la oscuridad. Veía alejarse aquella sombra, que de pie y con su mano derecha apoyada en la butaca, presenciaba cómo era absorbida por aquello que fuese que la transportaba. Sintió ira y pena. Aunque terrible, aquella figura humana era la única evidencia de que existía la luz y el calor. El frío volvió a adueñarse de su cuerpo. Quiso gritar, pero ya no pudo. Estaba muda.

Aquella fuerza poderosa que la arrastraba, silenciosa, de repente, cesó. Extendió sus manos hacia adelante y toco un muro húmedo. Las levantó hacia arriba y volvió a tocar aquellas piedras mojadas. Intentó darse la vuelta y chocó con otra pared. Sí, estaba nuevamente en aquel sepulcro en el que apenas podía levantarse y donde no podía dar ni un solo paso. No escuchó abrirse ni cerrarse puerta alguna.

Seguramente –pensó– que ya estaba bajo los efectos de las drogas que, sin saber cómo, no dudaba que Joel le suministraba y aquello era parte de las alucinaciones que le producían. Allí solamente había piedra y roca. Un grito rebotó en su cabeza, pero ningún sonido brotó de sus labios. Perdió el conocimiento.

Cuando despertó, no supo diferenciar el sueño de la realidad. Había soñado con un infierno húmedo y oscuro, por el que vagaba eternamente, chocando con seres viscosos y grasientos que la agarraban y la sobaban. Era como si una enorme lengua la saborease antes de que fuese tragada por un monstruo gigantesco. Pero ahora, creyéndose despierta, estaba en esa misma oscuridad insondable, espesa. Y tirada en el suelo, sin atreverse a realizar ni un solo gesto, sentía como por sus espaldas algo viscoso y húmedo, tan grande al menos como ella, empapaba su camisón y la pegaba con fuerza al suelo. No podía moverse; apenas respirar. ¿Cuánto tiempo llevaba encerrada? ¿Habían pasado horas o días desde que intentó escapar?

De repente, sintió nuevamente como una vorágine silenciosa se adueñaba de ella y la arrastraba por la oscuridad hasta ver a lo lejos, nuevamente, la chimenea iluminada por el fuego. Otra vez estaba allí la butaca, otra vez la sombra... ¡Otra vez Joel!

Aquella escena se repitió muchas veces. Tantas que la sombra cambió. Ahora era más pequeña, más menuda. Quizás fuese otra persona, quizás fuese más mayor... ¡Dios mio! ¿Cuánto tiempo había pasado? Por fin, después de repetirse aquella escena infinidad de veces, la decoración también cambió. Frente a la chimenea ahora había una mesa, y cuatro personas sentadas, con las manos unidas sobre el tablero. Una extraña luz amarilla surgía del techo de la sala, iluminando, con un potente fulgor, al grupo. Uno de ellos hablaba en voz alta. Los demás, en silencio, parecían vigilar, con un miedo apenas contenido, la oscuridad que había más allá de la claridad que los envolvía.

De pronto, uno de ellos gritó y el que dirigía aquella reunión, a gritos, ordenó al resto que no se movieran. Miró a la mujer, y con una voz temblorosa, le dijo:

–¡Aquí estas! ¡Has venido! Llevamos mucho tiempo esperándote.

–Liberadme –gritó ella–, pero su voz sonó extraña, grave, lejana. –Las drogas– se dijo.

El hombre se asombró, como si no esperase escuchar ningún sonido de la boca de la mujer. Permaneció frente a ella, en silencio.

–¡Mirad cómo se conserva! –dijo al rato a sus compañero–. Parece que no ha pasado el tiempo por ella.

–¡Es increíble! –dijo alguien a sus espaldas.

–¡Voy a intentar hacerle una fotografía! –dijo otro.

–¡Quietos! –gritó el que estaba frente a ella–. No vaya a asustarse. No hagáis nada.

Haciendo un terrible esfuerzo, Helena se acercó todo lo que pudo al hombre que tenía delante, y le gritó:

–¡Liberame, Joel!

–No soy Joel, Helena –le respondió–. Y no te puedo liberar, porque tu libertad no depende de mí.

–¿De quién depende? –preguntó con desesperación.

–¡Estás muerta, Helena! ¡No puedo liberarte, los sabes muy bien! ¡Yo no te retengo! ¡Es la muerte quien lo hace! ¡Eres un fantasma!

En un lugar de España, en una fecha del año del Señor de 1545.

Estos son los recuerdos que me atormentaran hasta mi muerte. Estos son los recuerdos que trato de dominar.

El puente

Recuerdo perfectamente cada detalle. Están grabados a fuego en mi cabeza. Cada vez que cierro los ojos, vienen a mi mente sin el menor esfuerzo. Están ahí para atormentarme, para que nunca olvide lo que pasó. ¡Para que nunca olvide que la culpa fue mía!

Pero me lo tengo merecido. El remordimiento es una serpiente que crece en nuestro interior y se va alimentando de nuestro corazón. Poco a poco lo va devorando, sin que al principio nos demos cuenta de ello. Pero pasado un tiempo, sentimos un vacío, una ausencia de toda felicidad, que va siendo sustituida por la angustia y el temor. Y así, con el tiempo, el remordimiento nos enseña un mundo terrible donde estamos abandonados, donde tenemos la certeza que no encontraremos ayuda y donde solamente sentimos vértigo. ¡El remordimiento es mi condena! Ajena a la justicia del hombre, pero implacable como la justicia de los dioses.

¡Sé que la responsabilidad es mía, que soy culpable! ¡Eso no me lo perdonaré nunca! Pero quisiera ser capaz de volver a recuperar, aunque solamente fuera por un momento, esa calma de espíritu, esa tranquilidad de la que disfrutaba antes de que la tragedia ocurriera. Ahora veo como muy lejanos aquellos felices días en los que disfrutaba de la vida, en los que el azul del cielo y la sonrisa de un niño encendían una llama de felicidad en mi alma. Tiempos en donde las cosas sencillas eran bonitas, bellas, esenciales... ¡Maravillosas!

Pero todo ha cambiado. Ya no soy capaz de encontrar esa luz mágica en nada de lo que me rodea. Todo está pintado de tonos grises, oscuros, tétricos. El mundo se ha vuelto un lugar sombrío, lúgubre. Un sitio donde lo natural es sufrir y padecer. ¡Un lugar donde impera la desesperación! Esa misma desesperación que me llevó a buscar las peores soluciones, las más terribles, las que, finalmente, me condenaron eternamente. Yo, que buscaba enmendar mis pecados, me convertí, sin apenas darme cuenta, en el rey del Infierno.

Sí, fue una transición extraña. Mis remordimientos me llevaron a la desesperación, y el suicidio se me presentó como la salida más lógica, la más coherente a una vida desgraciada y sin alicientes. ¿Para qué seguir padeciendo, si era imposible salir del pozo negro y profundo en el que había caído? Lo mejor era acabar con el padecimiento, con la agonía. Era lo que el hombre siempre había hecho con los animales que sufren, con los que no tienen cura. Acabar con ellos de una forma rápida y compasiva. Eso era lo natural. ¿Y no soy yo, acaso, peor que un animal? ¿Y siendo así, no me merezco, frente al hombre más piadoso, al menos un final similar al de cualquiera de ellos?

¡Remordimientos, desesperación, suicidio! El camino ideal para convertirme en un pelele; en algo que, aunque camina y respira, está vacío por dentro, muerto. ¡Muerto en vida! Inmune a todo, insensible a todo y con un único objetivo: ¡Acabar con su vida!

Y con esta resolución, con éste único motivo para moverme y caminar entre los vivos, me encaminé una noche al puente viejo, para dar cumplimiento a mi último viaje.

Al puente viejo lo llaman así porque fue construido en tiempos del Imperio Romano. Es un puente pequeño, con dos arcos de medio punto, apoyado sobre unas anchas pilonas levantadas sobre el cauce bajo y plagado de rocas del río Sauño. Es un sencillo puente creado para poder salir del valle. Pero además tiene algo peculiar: Ha sido utilizado durante siglos, no solo para atravesar el río, sino como lugar de destino final de todos los suicidas de mi localidad. Es por ello que siempre se han contado historia sobre el mismo. Unas hablan de los fantasmas de todos los que se han inmolado allí, que lo visitan frecuentemente porque sus almas han sido condenadas y no pueden avanzar, allí a donde tengan que hacerlo, siendo castigados a penar eternamente en el lugar donde se quitaron la vida para poder evitar que otros cometan sus mismos errores. Otras cuentan que el diablo lo utiliza como entrada al Infierno para todos aquellos que se dejan engañar por él... Yo siempre he pensado que no son más que historias que existen en todos los pueblos de éste mundo sobre lugares apartados y poco visitados. Cuentos que no llaman espacialmente la atención del antropólogo o del recolector de mitos y leyendas, pues son muy comunes.

Aunque la verdad es que el sitio da miedo. Hace muchos años se trazó un nuevo camino para salir del valle en el que se encuentra el pueblo, y el viejo, que atravesaba aquel puente, quedó abandonado. La maleza y el bosque engulleron sus lindes y la vegetación cubrió casi en su totalidad las piedras de la construcción romana. El viajero que ignoraba la nueva ruta, al llegar al puente, se encontraba un paso estrecho, lleno de musgo y enredaderas. Al otro lado le esperaba un bosque espeso y tenebroso, que parecía absorber la luz que lo rodeaba. Más que el camino de salida del pueblo, parecía la entrada a una cueva profunda y oscura, morada de bestias terribles y misteriosas. Seguramente que de ahí venían tantas leyendas, de su aspecto abandonado, como si fuera algo condenado, olvidado, temido. Algo tan terrible que el hombre no ha querido volver.

Y allí llegué yo hace un par de noches. Hacía frío, más de lo que es habitual en ésta época del año. Las estrellas estaban tapadas por espesas nubes, que corrían por la bóveda celeste, relevándose unas a otras frente a la luna, con la clara intención de tapar su luz mortecina y dejar aquel lugar del demonio en una penumbra sobrecogedora. El sonido de mi caminar sobre la gravilla se mezclaba con el del viento, que silbaba entre los troncos de los árboles. Costaba adivinar, en medio de aquella oscuridad, dónde comenzaba exactamente el puente. Tanto, que cuando quise darme cuenta, ya había penetrado en él y había recorrido más de un cuarto de su longitud. Me asomé a su muro y pude ver cómo el agua corría rápida entre las peñas, levantando espuma aquí y allá, cada vez que la larga lengua de agua lamía alguna de las muchas piedras que encontraba en su avance. Aquel era más bien un arrollo que un río, aunque debido a las muchas lluvias de aquella época, sus aguas corrían rápidas y ruidosas. Permanecí un momento hipnotizado por el juego entre el líquido cristalino y las duras piedras. Enseguida creí escuchar un ritmo, una melodía oculta tras el ruido y los chapoteos. Era una llamada más que un aviso. No dudé de que aquella extraña música sonaba para mí. Sentí la necesidad de subirme al muro y saltar. Me retiré un paso hacia atrás, miré a los lados de forma instintiva, a modo de despedida... ¡Y entonces fue cuando lo vi! Subido en el muro oeste, en mitad del puente, erguido, con la cabeza levemente inclinada hacia las aguas turbulentas que corrían por debajo, había un hombre. Era alto, delgado, vestido de negro. Solo se apreciaba su silueta, pero parecía estar concentrado en el río, en cómo el agua se rasgaba entre las afiladas rocas, sangrando espuma por todas partes. Y aunque no daba muestras de dudar, sí que daba la impresión de estar meditando esa última decisión, la de dar el salto definitivo y acabar con todo.

Me vi inmediatamente identificado con aquel hombre. ¿Tendría yo el valor suficiente como para, tras colocarme en su misma posición, dar ese paso definitivo hacia la muerte? Algo en mi cabeza me dijo que no lo molestase, que esperase a ver que hacía, sin interrumpirle. Era como si tuviese la posibilidad de ver mi futuro inmediato, y eso, en cierta medida, me excitó y me animó a convertirme en un simple espectador silencioso de aquel terrible espectáculo de muerte. No tenía la más mínima intención de recriminarle su acción, evidentemente. Ni siquiera por un instante pasó por mi cabeza la posibilidad de tratar de convencerlo para que no pusiera su vida en peligro. Su actitud decidida indicaba claramente que poco podría yo influir en sus razonamientos. Además, su posible muerte era como un anuncio para mi. Mejor aún. Era una prueba, un modelo, un ejemplo. Si él lo hacía, yo no tendría ya excusas para no imitarlo. Si desistía, sus razones podrían ser mi última esperanza. Así que, egoístamente, esperé y observé.

El suicida

Fueron pasando los minutos, tal vez las horas, y aquel hombre no se movía. De vez en cuando se alzaba de puntillas, como queriendo elevarse y levantar el vuelo, al igual que un tímido aguilucho que practica antes de surcar los cielos por primera vez. Pero al cabo de un momento, volvía a apoyar sus talones. No apartaba la vista del río. ¡No se movía apenas! Yo estaba aterido, pues llevaba mucho tiempo también sin moverme y la humedad de aquel lugar hacía que el frío fuese insoportable. Di unas patadas al suelo para tratar de entrar en calor y entonces él levantó su cabeza y, desde la distancia, me miró.

—¿Te agrada el espectáculo? –gritó con una voz fuerte y grave.

No supe cómo reaccionar. Hasta ese momento, aquel hombre había sido poco más que una sombra chinesca que representaba su espectáculo para mí. No esperaba, ni remotamente, que yo pudiera llegar a interactuar con él.

—Deberías de subirte al muro para tener una mejor perspectiva –dijo a continuación, volviendo a posar su mirada en el río. Mi presencia no pareció molestarle. Incluso me dio la impresión de que estaba acostumbrado a aquel tipo de interrupciones.

—¿Por qué quieres saltar? –me atreví, finalmente, a preguntar, atribulado. Era como si, tras haber sido sorprendido presenciando una escena íntima de una persona desconocida, con aquella pregunta ridícula y simple quisiese evitar la vergüenza de haber sido pillado.

—Deberías de preguntarte por qué quieres saltar tú, amigo. ¿O acaso estas aquí por otra cuestión?

No supe que responder. Aquel personaje conocía mis intenciones, y eso no me gustaba.

—¿Qué sabes tú lo que yo quiero hacer? —le respondí.

—Creo, compañero, que más que tu mismo. Te sientes culpable de algo terrible, lo sé, y no esperas ni siquiera tu propio perdón. El único deseo que te mueve es correr hacia el Infierno, con la esperanza de que sus tormentos sean dignos de tu culpa. Pero yo te digo, amigo, que aquí, en la Tierra, en éste mundo depravado y mísero, encontrarás sufrimientos aún más terribles que los que mi señor Satanás te pueda propiciar en su reino. Créeme si te digo que tus ansias de sufrimiento se verán más que satisfechas.

—¿Qué puede existir peor que el Infierno? —grité, contrariado.

—El Infierno es un lugar terrible, sí, lo reconozco. Yo lo visito cada día. Allí, supuestamente, penan las almas de todos aquellos que pecaron a los ojos de tu dios, ese que os dictó unas reglas para que vivierais como personas civilizadas y que castiga sin piedad a todo aquel que no las cumple. Pero él no dice nunca nada. Dudo de que realmente exista. Sin embargo, lo que sí existe es un ejercito de curas a sus órdenes para perseguir a los pecadores. ¡A todos se les impone una pena! A muchos, la muerte. Pero esos curas son unos hipócritas. Su boca, mediante la Inquisición, condena, pero el brazo que ejecuta es el secular. ¡No quieren mancharse de sangre sus sotanas negras! Siempre han sido sumisos al poder de la tierra, en lugar de al poder de los cielos, porque siempre han pretendido vivir de privilegios. Su maestro, Jesús, fue el hijo de un humilde carpintero y nunca tuvo más que su túnica y sus sandalias. Pero sus seguidores están ávidos de dinero y poder. Bendicen al cacique y solamente luchan contra él cuando ven peligrar sus prebendas. Reparten sus migajas con los desamparados, pero acumulan tesoros. Ellos se atreven a juzgar y a condenar, aún cuando Jesús nunca lo hizo, y se atreven a hablar en nombre de Dios, cuando Dios ha permanecido mudo durante milenios.

Pero ignoran que el único que juzga y condena realmente es mi Señor. Satanás los recibe sentado en su trono y les muestra su miserable vida de pecado para asignarles después el tormento que se merecen. Él es el que realmente condena, es el que realmente castiga, no tu dios. Y si sientes temor ahora mismo por tu alma, es gracias a Satanás, que te espera, y no a ese dios perdido desde el inicio de los tiempos. Mi Señor es temible, pero justo. Si no cometes pecado, nada has de temer. Ese es el principal mandamiento. Para evitar el Infierno no tienes que hacer la voluntad de tu señor, ni convertirte en su esclavo. Solamente tienes que salir airoso el día que te juzgue Satanás, y él es más pragmático. Sabe lo que es negociar, ceder y recompensar. Si mi Señor no desea castigarte, será la prueba más rotunda de que nunca habrás cometido pecado. Y en tu caso, cuando estás tan desesperado por sufrir un castigo terrible que alivie tu culpa, cuando egoístamente esperas que él sacie tu sed de justicia y te devuelva a un estado de paz interior, que, aún sufriendo los tormentos del Infierno, aliviaría tu alma atormentada, es muy posible que desee castigarte perdonándote. Recordar durante toda la eternidad ese crimen tan terrible sabiendo que nunca en la vida tu alma descansará en paz es el peor castigo que se me ocurre. ¿O acaso tú habías pensado otro peor?

¡Maldita sea el diablo! Nunca hubiera creído que existiera algo peor que la tortura eterna. Mi culpa es inmensa. Tan grande que ni siquiera mil infiernos podrían reunir los suficientes tormentos como para, tras toda una eternidad, ver mis pecados expiados. Y eso era lo que yo pretendía quitándome la vida desde aquel puente, acceder, por la puerta grande, a esos infiernos. ¡Pero que triste es mi vida! Ni tan siquiera he visto la frontera de ese reino de terror que tanto ansío, cuando un simple emisario ya me vaticina cosas peores. ¡Vivir junto a mi Dios siendo impuro! ¿Existe, acaso, tormento peor?

¡Pero no, esto no es posible! Su palabrería y sus promesas son las tretas típicas del diablo. Satanás no tiene el poder de enfrentar mi alma atormentada a Dios. Estaba, sin duda, ante un engaño.

—¿ Cómo es posible que Satanás pueda anular las condenas de Dios, siendo él un mero ser creado, al igual que yo, de su voluntad? —dije— ¿O ocaso no fue expulsado del Cielo por un poder superior? Creo, seguidor del diablo, que no quieres más que engañarme con alguna oscura intención —le repliqué. Y fue entonces cuando, sin hacer el más mínimo ruido, caminando por encima de la barandilla del puente, aquella sombra se desplazó hasta mi lado. La oscuridad apenas me permitía ver los detalles de su rostro, pero me dejó aterrado una tenue luz blanquecina que su cuerpo generaba; luz que, ahora me daba cuenta, había permitido hasta ese momento que pudiera ver aquel engendro a pesar de la distancia. ¡No cabía duda de que aquello era una aparición fantasmal!

—¡Conoces poco tus Sagradas Escrituras, amigo mío! —me gritó el fantasma—. En el libro del Apocalipsis se dice que será en el día del juicio final cuando se juzgará a los muertos. Ese día, y no otro. Hasta que el ángel no toque su trompeta, tu dios no tiene nada que decir. Es más, hasta que llegue ese día, el único dios en la tierra es mi Señor Satanás. Y es él el que se apodera de las almas para castigarlas. Cuando llegue el día del juicio final será inevitable otra nueva guerra entre tu dios y el mío, en la que, estoy seguro, está vez Satanás triunfará frente al intento traicionero de tu dios de apropiarse de las almas que ha despreciado siempre. Él se fue y las abandonó, y fue mi Señor quien se ha ocupado de ellas. Pero hasta entonces, tu alma pertenecerá a mi Señor, no lo dudes. Y será él quien elija tu castigo, como ya te he dicho.

Me vi perdido. Aquel ser demoníaco hablaba de las Escrituras como nunca había yo escuchado. Si el juicio aún no ha llegado, ¿quienes son los curas para condenar?

—¿Qué quieres de mi, demonio infernal? —le pregunté.

—Tú buscas sufrir por tu pecado, padecer para expiar. Buscas el castigo ejemplar. Es por ello que tu castigo solo puede ser expiado obligándote a repetir, una y otra vez, esa aberración que tanto te hace sufrir. ¡Tu castigo será repetir tu pecado, eternamente! Así, esta agonía que sufres ahora, la verás multiplicada por mil y así comprenderás que el mal en éste mundo es necesario. Si no fuese así, ¿cómo se castigaría tu pecado? ¿Cómo se castigan todos los pecados si no es aplicando un mal mayor al ya cometido? Los hombres lo llamáis justicia, y la representáis ciega. Pero la realidad es que la justicia es Satanás, el único que aplica el mal con la finalidad de castigar.

Me quedé mudo. No podía soportar siquiera tratar de traer a mi mente mi terrible pecado, así que no era capaz de imaginarme repitiéndolo una y otra vez. Pero el espíritu tenía razón. ¡No existía castigo peor para mi pecado! Y eso era lo que yo deseaba: Ser castigado de una manera ejemplar.

—¿Qué tengo que hacer, demonio, para ser castigado como debo?

El castigo

Reconozco que cuando aquella aparición me habló de repetir, una y otra vez, mi terrible pecado, quedé muy impresionado. Era el peor castigo que se me podría imponer; pero después de permanecer un rato en silencio, meditando, llegué a una conclusión que me hizo casi sonreír: Lo que me proponía aquel demonio era, sencillamente, imposible. Ni siquiera el mismísimo Satanás podría conseguir que aquello que yo hice se repitiera por segunda vez. ¡No existía esa posibilidad! Porque aún suponiendo que fuese capaz de hacerme regresar en el tiempo al segundo antes en el que todo ocurrió, ni siquiera así, volvería a cometer yo aquel crimen. Ahora veía perfectamente que no hay castigo peor que aquella terrible acción que me condenó, y es por eso que, nunca más volvería a repetirla. Mi idea de merecer un castigo forzosamente comenzaba a declinar, ya que, salvo el perdón por parte del señor de los infiernos, hasta ahora su enviado no había conseguido impresionarme con nada más. Y si aquel ser concluía que lo mejor era que fuese perdonado, el castigo me lo estaría imponiendo yo al no ser capaz de perdonarme. ¿Y quién era yo comparado con Satanás para infligir dolor? ¿Acaso mi nulo poder podía compararse con el suyo? Creo que el perdón tampoco me resultaría un castigo apropiado, porque no sería una acción redentora.

Pero medité un poco más sobre la proposición de repetir, hasta el infinito, mi pecado. Yo, voluntariamente, no lo haría nunca más, pero si el diablo me obligase a recrear una y otra vez aquella maldita escena, mi alma también descansaría, ya que no me sentiría culpable de aquellas acciones. Sería él quien me utilizaría como una simple herramienta y sería él el único culpable. Yo sería la otra víctima. No sería mi voluntad, sino la suya, la que decidiese pecar, por lo que yo sería completamente inocente.

Y con éste último pensamiento en mi mente, comencé a darme cuenta que quizás el terrible pecado que aquel espectro quería imponerme no sería tal. A aquellas alturas de la noche llegué a la conclusión de que era preferible retirarme airoso y contento de no haber tomado ninguna decisión desesperada, que mostrarme exigente y reclamar a aquel ser alguna conclusión. Pero la situación no me favorecía. Yo estaba allí, en aquel puente de los suicidas, con la intención de quitarme la vida. Aquel espíritu me había propuesto un castigo mucho más digno que la simple muerte, y yo había aceptado. Ahora, tras reflexionar sobre mis motivaciones, prefería marcharme de allí y darme un tiempo para pensar en todo lo ocurrido, pero tenía que deshacerme de la aparición para ello.

—He pensado que quizás no quiera ser castigado —dije con temor a aquel fantasma. Él se acercó aún más, levitando, en absoluto silencio.

—¿Te has arrepentido, maldito gusano? —me gritó— ¡No juegues conmigo, miserable!

—No quiero tomar una decisión ahora. Quiero meditar antes de comprometerme por toda la eternidad. Es algo que deberías de entender.

—¡Pues medita mientras caes al río! —me gritó, a la vez que una fuerza invisible me levantó y me arrojó desde el puente hacía las rocas. No creo que tardase más de dos segundos en tocar el suelo, pero se hicieron eternos. No pude meditar, solamente grité como un loco, hasta que sentí mi cara mojada por el agua y todo se volvió obscuridad.

Desperté en mi cama, empapado de sudor, temblando. Aunque aliviado porque todo había sido una pesadilla, sentí claramente que aquello había sido algo más que un sueño aterrador. Pero a pesar de ello, no le di excesiva importancia y reanudé mi vida. Volví a mis actividades con normalidad, incluso con unas energías nuevas. Era como si aquella experiencia me hubiese enseñado que soy yo el peor de los jueces que me juzgará en la vida, y que, una vez pasado el trance de dictarme sentencia, la carga de la culpa quedaba muy aliviada. Y aquel primer día de mi nueva vida fue feliz. Una felicidad serena, consciente del daño que había causado pero aliviada de seguir vivo. Así que me obligué a mi mismo a olvidar por completo mi pecado y a esperar el castigo que me mereciera el día del juicio final. ¿Quién era yo para exigir justicia, sino un pobre pecador?

Y aquella noche me fui a dormir tranquilo, sereno. Consciente de que era aún joven y con mucha vida por delante. Pero nada más cerrar los ojos, me vi nuevamente cometiendo aquel crimen. Mi vi ejecutando aquella aberración que tanto me había torturado hasta la noche anterior. Y repetí cada gesto, cada movimiento. De tal manera que cuando el remordimiento y la desesperación se adueñaron nuevamente de mi alma, cuando el grito más terrible que alguna vez salió de mi garganta rompía el silencio de la casa, desperté para comprobar que los primeros rayos del sol se hacían presentes. En aquel preciso momento, cuando aún el sudor corría por mi rostro, cuando apenas era consciente del lugar en el que me encontraba, en ese preciso momento comprendí que el sueño del puente fue algo muy real y que aquella pesadilla se repetiría noche tras noche. ¡Ese era mi castigo, repetir hasta la eternidad mi crimen! Y lo haría de la mejor forma posible. No personándome una vez más en aquel lugar para volver a tomar aquellas equivocadas decisiones que me condujeron al terrible desenlace, ni convertido en una simple marioneta del diablo que de manera mecánica representaría una y otra vez aquella tragedia, sino que lo haría de la forma más terrible: Rememorando, segundo a segundo, todo aquel horror. ¡El demonio siempre se sale con la suya! Así que decidí buscar ayuda y nada más levantarme, corrí a la iglesia más cercana, en busca de un cura que me pudiera ayudar:

—Pero no estaba dispuesto a pasar todas las noches de mi vida como había pasado ésta última —le dije al párroco—, así que decidí venir a verlo enseguida, padre. Apenas me he vestido y he corrido por las calles del pueblo como alma que lleva el diablo, nunca mejor dicho, hasta ésta iglesia donde sabía que le encontraría. Necesito su consejo, conocedor, al ser mi confesor, como es, de mi terrible pecado.

El sacerdote, un hombre grueso y muy mayor, me miró con unos ojos claros, y no vi sorpresa en su mirada. Parecía estar esperándome, como si todo aquello que le estaba contando ya lo supiese hace tiempo. Incluso me sonrió.

—Hijo, tu pecado es terrible, no cabe duda. Tan terrible que creías que te merecías el peor de los castigos, el más severo. Y ahora que lo estás padeciendo, ¿no deberías de sentirte satisfecho? ¿Por qué te quejas y corres hasta mi como un niño asustado? ¿No buscabas redención?

Aquel hombre parecía alegrarse de mi desgracia; parecía disfrutar con ella. Pero, en el fondo, tenía razón. No estaba padeciendo nada que yo mismo no me hubiera buscado, no hubiera exigido. Aunque, tras haber pasado por aquella terrible experiencia de nuevo, había llegado a la conclusión de que nadie se merece un castigo así, ni siquiera yo.

—¡Padre, estoy arrepentido! ¡Me siento muy desgraciado por lo que he hecho, pero no sé que puedo hacer para dejar de sufrir! ¡Estoy en un profundo pozo del que nunca más saldré! ¿Cómo voy a rehacer mi vida? ¡Soy un desgraciado que no se merece ningún perdón! ¡Nunca encontraré la paz!

—¿Buscas la paz? —dijo el cura— ¿Y por qué lo haces comenzando una guerra contra ti mismo? Deberías de comenzar a pensar qué puedes hacer para arreglar todo el daño que has causado, en lugar de estar ahí, lamentándote de tu desgracia.

—Pero eso es imposible —le respondí airado—. Ya no se puede arreglar nada. Aquello que hice, hecho está y no tiene vuelta de hoja. Ni siquiera la víctima puede perdonarme, pues anulé su voluntad para siempre.

—¿Y tú puedes perdonarte?

Permanecí en silencio. Sabía perfectamente que no podía, que eso era imposible. Mi carácter y mis principios me impedían hacerlo.

—Tu castigo se basa exclusivamente en esa negativa a plantearte siquiera el que te perdones. Sé que lo ves como imposible, pero respóndeme: ¿Si fueras capaz de confirmar que tu víctima te perdona, intentarías perdonarte a ti mismo?

—Lo intentaría. padre —dije con voz cansada.

—Pues yo te perdono en su nombre y en el nombre de Dios, hijo mío. Esta noche, cuando comience tu pesadilla, aprovecha la oportunidad que tienes de estar frente a tu víctima de nuevo, y pídele ese perdón, y si en sueños te lo concede, perdónate a ti mismo. Despertarás siendo otra persona. Marcada para toda tu vida, pero con una motivación distinta a la de castigarte constantemente. Quizás prefieras devolver al mundo todo ese bien que le has quitado. Y eso compensará tu dolor. Lo hará tolerable.

Y así lo hice. Aquella noche me acosté con una idea preclara en mi mente. Y cuando desperté, justo al amanecer, lo hice llorando de felicidad. Algo había cambiado en mi interior. Me sabía autor de algo terrible, pero había comprendido que todo fue un error. Mío, pero un error. Y aunque sus consecuencias fueron trágicas e irremediables, yo había sido una herramienta del azar, la causa de mi falta de experiencia o la consecuencia del maldito porvenir; pero no era el monstruo que quería ser. Y desde el momento en que comprendí aquello, mi castigo desapareció. Llegué a la conclusión de que no necesitaba a nadie, ni siquiera a mi mismo, para ser castigado. Era consciente de mi culpa y de que no existía ninguna solución a mi error, por lo que decidí seguir adelante. Me quedaba mucha vida y todo ese tiempo lo podría aprovechar en mejorar. En mejorar mi vida. En mejorar mi mundo.

Sé que esta historia le resultará, como poco, extraña. Pero ocurrió así, tal y como la contaré, sin que yo haya añadido nada. La angustia que vivo como consecuencia de la terrible experiencia que aquí voy a contarles sigue aún hoy dominando mi vida y el mal (porque estoy seguro que todo lo ocurrido ha sido algo malvado, aunque mi esposa diga todo lo contrario), me sigue atormentado ahora mismo, mientras escribo estas líneas y especialmente, mi sueño.

Todo ocurrió durante una mañana de sábado, dedicada, como casi todas, a buscar antigüedades y reliquias por los anticuarios y rastrillos de la ciudad. Mi esposa y yo somos aficionados a recorrer estos lugares tan peculiares, donde se almacena, de forma completamente desorganizada para el ojo del profano, la historia más inmediata de nuestra sociedad. Aunque a veces uno puede encontrarse con una sorpresa y localizar una reliquia verdaderamente antigua, de la que ni siquiera el anticuario o el chamarilero conocen su auténtico valor, y así hacerse con una pieza valiosa a un precio excepcional. Esa es la principal motivación de todo buscador de tesoros, aunque, evidentemente, estos hallazgos no ocurran nunca. O casi nunca.

Nuestras andanzas en pos de la antigüedad aún por descubrir nos llevó a visitar en varias ocasiones un mercadillo donde la chatarra y los trastos viejos eran lo único que se ofrecía. Un conocido nos había contado en el transcurso de una cena que en aquel lugar había encontrado un libro antiguo de incalculable valor, el cual adquirió por unas pocas monedas, presidiendo ahora su biblioteca privada al haberse convertido en el más excepcional de todos los que la formaban. Animados con éste éxito, nosotros nos lanzamos a la aventura, deseosos de localizar algo que destacase entre toda aquella basura, aunque, evidentemente, no tuvimos éxito. Pero el coleccionista lo último que pierde es la experanza, y fue ésta la que nos hizo repetir nuestras visitas al lugar sábado tras sábado. Tantas fueron estas, que ya conocíamos a la perfección cada uno de los puestos y las mercancías que se exponían en los mismos, e incluso muchos de los venedores nos saludaban, a pesar de que nunca compramos nada, pues nos reservábamos para ese descubrimiento extraordinario que esperábamos hacer.

Pero en una ocasión, hará apenas unos meses –¡Qué lejos parece todo eso ahora!–, descubrimos, en un lugar apartado, un puesto nuevo. Movidos por la curiosidad nos acercamos al mismo. Estaba atendido por un señor elegantemente vestido, aunque su traje se veía bastante usado; educado, con maneras y gestos propios de las personas de alcurnia. Inmediatamente pensé que estábamos ante un noble venido a menos y eso me regocijó, pues vi la oportunidad de conseguir baratos objetos de calidad. Estaba seguro que el pobre estaba deshaciéndose de todas aquellas cosas maravillosas que su noble familia había acumulado durante siglos para él, debido a que el desgraciado no había sido capaz de mantenerlas en su poder. La mala vida o las malas decisiones habían permitido que yo pudiera conseguir aquellos tesoros que tanto había buscado y esa oportunidad no podía desaprovecharla.

Como es natural, por educación, no hice ningún comentario sobre mis sospechas al atento vendedor, aunque por su mirada cansada y hastiada era evidente que aquel hombre estaba sufriendo enormemente exponiéndose en público como un vil vendedor de burros, ofreciendo los recuerdos de toda su vida al mejor postor. “¡Estás son las oportunidades que presenta la vida!” –pensé– y me dispuse a desvalijar a aquel infeliz aprovechándome de su supuesta desgracia.

A simple vista se veían muebles de cierto valor, como sillas, butacas, mecedoras, etc. Incluso algún aparador no demasiado grande. Sobre los mismos había cortinajes y telas hace ya mucho tiempo pasadas de moda y un par de cuberterías a las que le faltaban piezas. La verdad es que quedé decepcionado, pues esperaba encontrarme con muchas más cosas de las allí expuestas. O la hacienda familiar era muy escasa, o habíamos llegado muy tarde y todo lo bueno había sido ya vendido.

El vendedor, siempre atento a nosotros, quizás porque le recordábamos tiempos mejores, pareció darse cuenta de mi desilusión.

–Me permito indicar al caballero que al fondo tengo un hermoso arcón de maderas nobles, bellísimamente decorado. Le aseguro que no habrá visto usted nada como esto. Y lo vendo a un precio muy asequible–, dijo aquel hombre, señalándome un baúl muy grande, que parecía más un sarcófago que un arcón. Me gustó nada más verlo, para mi desgracia.

–¿Puedo acercarme a observarlo con más detalle? –pregunté interesado. Él accedió y con suma diligencia comenzó a retirar todos los objetos que se interponían entre nosotros y el arcón.

A medida que me acercaba a él me iba dando cuenta de lo extraordinario que era. Los grabados, magníficos, representaban imágenes de monjas orando en una iglesia, paseando en parejas por un atrio o ayudando a los pobres repartiendo ropa y comida. Las escenas se representaban en grandes paneles laterales, con tantos detalles, que era imposible resistirse a perder unos minutos observando atentamente en cada uno de ellos. “Tiene que ser mío” –me dije. Pero para poder sacar un precio lo más ventajoso posible, comencé a inspeccionar todos sus lados aparentando una total falta de interés por el mueble. Cuando analizaba la cerradura, dorada, enorme, traté de levantar la tapa para contemplar el interior del cajón, pero estaba cerrado.

–¡Usted perdone, caballero, pero éste arcón ha permanecido cerrado durante siglos y nadie sabe qué hay en su interior! –dijo el vendedor.

–¿Y usted espera que compre un arcón sin poder comprobar cómo está su interior? ¿Y si está podrido? ¿Y si la carcoma lo ha destruido por dentro y en pocos días se deshace en mi casa?– le respondí, simulando un enfado que en el fondo no sentía. Para reforzar estas palabras, traté de levantar el arcón, con la intención de ver el estado de su base, pero pesaba tanto que solamente puede arrastrarlo un poco por el suelo. Algo sonó en su interior. El arcón no estaba vacío.

El vendedor, que también escuchó el ruido del objeto que había en el interior cuando golpeó las paredes de la enorme caja, me miró, por primera vez, a los ojos.

–Mire señor, piense que compra una caja sorpresa. Desde hace siglos en mi familia se sabe que hay algo en el interior de éste arcón, pero nunca nadie se atrevió a abrirlo. Era una tradición. El arcón decorará el salón de la casa, pero nadie nunca lo abriría. Desgraciadamente, yo me veo hoy en la necesidad de venderlo, y tengo que dejar a un lado todas esas cosas. Sé que como mueble es un mueble extraordinario, que vale mil veces más de lo que pido por él. Pero no puedo garantizarle lo que hay en su interior, porque no lo sé. Debería de haberlo abierto antes de ponerlo a la venta, e incluso haber vendido su contenido por separado, pero no me he atrevido a hacerlo. He tirado por la ventana muchas tradiciones familiares y no he querido humillarme más rompiendo esta última. Quien compre el arcón, se tiene que llevar su contenido sin saber qué es. Esa es mi única condición.

Internamente, me estaba frotando las manos. Los recelos de este pobre hombre me permitirían comprar dos cosas al precio irrisorio de una y así lo hice. Ahora me arrepiento de ello, pero ya es demasiado tarde. En aquel momento solamente pensé en contratar un par de hombres para que trasladasen el arcón a mi casa. Mi querida esposa y yo, tras pagar, nos fuimos paseando, disfrutando de nuestra magnífica compra. Incluso acordamos por el camino organizar una fiesta. Fiesta que haríamos en casa para presentar aquella joya a nuestros amigos y demostrarles así que nuestra búsqueda también había tenido éxito. Recuerdo que fue ella, inocente, la que propuso la genial idea de abrir, ante todos, el arcón y compartir con nuestros amigos el descubrimiento de su misterioso contenido. “Podríamos jugar incluso a tratar de adivinar que contiene”, dijo, ilusionada. Infeliz.

Y allí estábamos, rodeados de amigos y socios, todos con nuestras mejores galas, disfrutando de una exquisita cena. El menú estaba basado en la comida de los conventos, famosa por su sabor casi místico, en honor, evidentemente, al arcón y sus grabados. Disfrutamos de unos entremeses castellanos, en recuerdo de todos aquellos antiguos conventos del interior del país, seguido por un cordero cubierto por las más selectas especias utilizadas desde la Edad Media en los monasterios, acompañado de un suculento marisco para no olvidar el maravilloso camino de Santiago y su contribución a la gastronomía popular, todo ello regado con antiguos vinos. Finalmente, los dulces y pasteles fueron adquiridos en el convento más cercano de las Reverendas Madres Agustinas Recoletas, famoso por sus productos pasteleros. Cuando comenzamos con los licores solamente se hablaba de la vida monacal y el misterioso arcón. Mi esposa estaba encantada.

Tras colocar el arcón en el centro del salón, todos los invitados se colocaron a su alrededor. La escena me recordaba una ocasión en la que asistí a la retirada de las vendas de una momia egipcia traída al país por el Excelentísimo señor embajador de España en Egipto, acto al que tuve el inmenso honor de ser invitado y que se celebró en la casa del embajador, tras una cena bastante más suculenta a la ofrecida por nosotros. Aquello de retirar los trapos que envolvían los cuerpos momificados traídos desde las ardientes arenas del desierto se había convertido en una moda entre la alta sociedad, y aunque nosotros no estábamos aún a ese nivel, nuestro juego de descubrir el misterio del arcón también era sofisticado y distinguido, cosa que me llenaba de orgullo.

Con una palanca y la ayuda de un par de voluntarios, enseguida forcé la cerradura. Poco a poco, para mantener la tensión al máximo, comencé a levantar la tapa, mientras mis invitados gritaban “hay ropa vieja”, “una alfombra persa” y cosas por el estilo, defendiendo cada uno su apuesta frente a los demás. Pero cuando la tapa cayó, sujetada por las bisagras, al otro lado, se hizo un silencio absoluto. Las caras de todos mostraban asombro. Las señoras directamente se las tapaban con las manos. Cuando miré dentro, no pude evitar dar un fuerte grito ante lo que vi. Mi esposa contuvo un chillido, guardando, a duras penas, la compostura. Enseguida el salón se llenó nuevamente de gritos, pero en esta ocasión las palabras que llegaban a mis oídos pedían explicaciones, mencionaban ofensas o directamente señalaban una total falta de dignidad por mi parte. Ante todo esto, asombrado por cómo se estaban desarrollando los acontecimientos, por cómo estaba finalizando una velada que hasta ese preciso momento había sido sencillamente perfecta, volví a mirar el interior del cajón, esperanzado de no descubrir aquello que había visto antes. ¡Pero seguía allí! Estirado, en total reposo. Distante de todos y de todo, aislado, como si no perteneciese a éste mundo. ¡El cuerpo momificado de aquella monja seguía allí! En reposo, con las manos cruzadas sobre el pecho. Con un rosario de madera atado a sus manos. Con su traje perfectamente planchado y su tocado ocupando su sitio, sin haberse movido ni un ápice a pesar de los muchos siglos que aquel cuerpo incorrupto debía de llevar descansando en aquel arcón. Las voces subían de volumen. La habitación comenzó a girar a mi alrededor. Estaba a punto incluso de perder el sentido, cuando la voz fuerte y firme de mi esposa hizo callar a todos, rescatándome a mi de la pesadilla en la que estaba a punto de sumergirme.

–¡Señores y señoras, por favor! –gritó–. No se asusten. Esto no es más que una simple broma. No están viendo ningún cuerpo incorrupto, sino un estupendo muñeco creado por un artista. Cuando mi marido y yo descubrimos que no había nada en el interior del arcón, no nos resistimos a gastarles esta broma. Ahora veo, por la reacción de las señoras, que quizás ha sido demasiado pesada, por lo que les ruego disculpas. Y como penitencia, me impongo la obligación de dejar éste muñeco expuesto en mi salón todo el tiempo que sea necesario, hasta que ustedes, sus familiares e incluso sus amigos y vecinos, aunque no hayan asistido a esta cena, puedan venir cuando quieran para comprobar la calidad de esta obra de arte. Siento haberles causado tanta inquietud, pero no esperaba que un simple muñeco les asustase tanto.

¡Genial! Mi mujer había salvado la situación con una genialidad de última hora. Esperé, expectante, la reacción de los invitados. Tras unos momentos de incertidumbre, comenzaros a oírse aplausos y risas, y la gente se arremolinó frente al arcón para observar más de cerca el supuesto muñeco. ¡Todo un éxito!

Durante semanas sufrimos visitas inesperadas de personas que habían oído hablar de nuestra maravillosa creación, y como si mi hogar fuera la capilla de alguna santa, los devotos formaron cola para ver la maravilla con la que habíamos impresionado a la alta sociedad de la ciudad. Hasta la prensa se hizo eco de nuestra broma y a raíz de la divulgación de la noticia, en todas las grandes casas comenzaron a organizarse cenas-espectáculos en las que se descubría al final de la misma alguna ingeniosa representación. Nosotros fuimos invitados a muchas de ellas, y así, gracias al ingenio de mi esposa, nos vimos presenciando el descubrimiento de burdos muñecos que representaban a Afrodita, a Nerón quemando Roma, a una pareja de unicornios, e incluso al mismísimo Napoleón. Eso sí, todos reconocían que como nuestra obra no había otra, y todos querían que le diésemos el nombre del artista que la creó. Afortunadamente, con la escusa de organizar nuevas cenas, aún más espectaculares, y para seguir disfrutando de la excepcionalidad conseguida hasta ahora, a todos les decíamos que tenían que comprender que mantuviéramos en secreto su nombre. ¡Y todos lo entendían!

Mi mujer estaba encantada con la fama que habíamos conseguido. Colocó el arcón en una especie de altar y creó en nuestro salón un templo donde se rendía culto a aquel cuerpo incorrupto. Así fueron pasando los días, entre la atención a las visitas y las muestras de admiración de todos.

Yo, que miraba poco y con recelo el cuerpo de la monja, me había fijado que la noche en que lo descubrimos por primera vez tenía los párpados completamente cerrados y la piel seca y oscura, llena de arrugas. Pero con el paso de los días, su piel parecía haberse suavizado. Ya no era aquel cuero duro, sino que era mucho más humano. Incluso los párpados parecían ahora entreabiertos, adivinándose unos ojos tras ellos. Me dije que seguramente se debía a la humedad del ambiente. Pasar de estar aquel cuerpo cerrado a cal y canto a estar expuesto a un público multitudinario seguramente que le habría afectado de aquella manera. Y así se lo comenté en una ocasión a mi mujer. Pero ella, siempre práctica, no se conformó con verificar mi observación. Se dijo a si misma que si podía cambiar la tersura de aquella piel, e incluso su color, podría cambiar de traje al cadáver y hacerlo pasar por la nueva creación de nuestro anónimo artista; y se puso inmediatamente a ello.

Para conseguir su objetivo, se pasó horas y horas pulverizando agua sobre aquel cuerpo sin vida. Creía que así contrarrestaría la sequedad que sufría y cobraría un nuevo tono. Además, lo perfumaba constantemente, le cortaba el pelo y ensayaba peinados diferentes en aquella cabeza muerta. Incluso rezó, postrada ante aquel altar, algunas oraciones y ruegos. ¡Todo lo que hiciera falta, decía, con tal de conseguir que pareciese otro cuerpo! Así, un día la encontré subida al altar, tomando medidas al cadáver.

–Le voy a encargar una armadura a medida y la haremos pasar, en la próxima cena, por Juana de Arco –me dijo, sin tan siquiera mirarme, levantando aquellos brazos y pies muertos con la misma habilidad que una madre cambia de ropa a su tierno infante.

–Querida –le respondí–. ¿No crees que te estas pasando? Recuerda que eso que ahora tratas como a un vulgar muñeco, en una ocasión fue una persona y se merece un respeto por ello. ¿No sería mejor enterrarla en el camposanto y olvidarnos de todo este asunto?

–¡Pero qué dices! ¿No te has dado cuenta de que con mis cuidado esta mujer ha mejorado notablemente? ¿No ves que ahora disfruta de una vida social que ni en la otra vida hubiera disfrutado, la pobre, viniendo de un triste y antiguo convento? ¡Esta monja ha cambiado, mira su rostro!

Y era verdad. Aquella cara, antes vieja, sucia, contraída como una pasa, ahora era la de una señora de unos treinta años, con un pelo rojizo y limpio, perfectamente peinado y cepillado. Era la cara de una mujer hermosa. ¡Incluso tenía unos enormes ojos verdes, abiertos de par en par como si estuviese estudiando como mucho detenimiento el techo de nuestro salón! ¿Cómo era aquello posible?

–Helena –dije–. ¿No le habrás colocado ojos de cristal al cadáver, verdad?

–Estuve tentada a hacerlo, querido –me respondió sin mirarme, mientras seguía con sus medidas– pero no ha hecho falta ¿No te has dado cuenta que desde hace dos días ha abierto los ojos? ¿A que parece que esté viva?

¿Cómo era posible aquello? Sus ojos, al igual que el resto de sus órganos, deberían haber desaparecido hace siglos. ¡Aquello era imposible!

–Helena. ¿No me estarás engañando, verdad? Sabes que lo que dices no puede ser verdad.

–Lo sé, querido, pero es así. No solo tiene ojos y los ha abierto, sino que por la noche, hace ruidos. ¿No la has escuchado?

Aquello ya fue el colmo. La muerta, vestida de monja medieval, con un perfecto peinado, perfumada y con unos enormes ojos verdes, por la noche ...¡roncaba! ¡Ver para creer! Mi mujer se estaba volviendo loca de tanto inventar y aparentar, no cabía duda.

Pero estaba en deuda con ella, por lo que le toleré sus excentricidades. Aunque desde aquella conversación, cada noche, metido en la cama, afinaba mi oído, tratando de descubrir todos los ruidos de la casa. Y estoy seguro que el hombre más sordo que exista en éste mundo podría escuchar sin problemas los enormes ronquidos que surgían del salón de la casa.

Una mañana, mientras desayunábamos, mi mujer me comentó que aquel día regresara temprano a casa, pues traerían la armadura y quería que la ayudara a ponérsela al cadáver roncador. Yo lo llamaba así, aunque mi esposa había convencido al servicio de que los ronquidos que se escuchaban en la casa durante las noches los producía yo. “Es para no levantar sospechas”, me dijo. Así pasé a ser conocido entre la servidumbre como “el atronador”, y a mi paso por los pasillos escuchaba risitas a mis espaldas. Pero ya me daba todo igual. Quien tiene que comer cada día y cenar cada noche con un cadáver que rejuvenece por momentos, esta curado de espanto. No quería ni tan siquiera tratar de buscar una explicación lógica a lo que estaba ocurriendo. Estaba convencido que todo era una maldición por nuestro comportamiento con la muerta, pero ... ¡maldita maldición! Prefería mil veces los quejidos y llantos, mezclados con los sonidos típicos del arrastre de cadenas que dicen se oyen ante toda aparición fantasmal que pasar una sola noche más torturado por aquellos ronquidos de rudo leñador del norte.

Y aquella tarde, dispuestos ambos a introducir aquel cuerpo, ahora sonrosado y juvenil en la armadura,ocurrió lo que, en el fondo de mi alma, espera que ocurriese: Aquella bella mujer se despertó. Sí, se despertó, porque hace ya mucho tiempo que no parecía muerta, sino simplemente dormida. Y lo hizo con un grito, como asustada por verse en aquella situación: Yo cogiéndola por las piernas mientras mi mujer, con una palanca y unas cizallas, intentaba encajarle una pernera de la armadura que, al parecer, el herrero había hecho más estrecha de lo debido. ¡Si es que hasta había engordado la monja del demonio!

Y ahí estoy yo, corriendo con una recién resucitada, camino del hospital. Hospital donde me toman mi nombre y filiación, para que me haga cargo de los gastos médicos. Hospital donde, tras un chequeo general, me dicen que la joven está perfectamente y que la puedo llevar a casa. Hospital donde grito repetidas veces, “ Estaba muerta, estaba muerta” y donde corro, perseguido por aquel ser regresado de la muerte, que me sonríe y me tiende las manos, tratando de agarrarme. Donde quieren obligarme a llevarme aquel engendro nuevamente a casa. ¿Pero están locos? ¿Acaso nadie quiere enterrar a una muerta? ¿Acaso estoy condenado a convivir con esta monja que desde que regresamos al hogar me hace rezar seis veces al día, quiere que recite de memoria el rosario y cada día me lee la vida de un nuevo santo? Sí. Todo lo que me está pasando es fruto de un mal. Del peor mal que el hombre pueda imaginar. ¡Y lo peor es que lo cuento y todos se ríen de mí!

Estaba desesperado, y no se me ocurrió otra cosa que ponerme a buscar en Internet información sobre la pérdida de memoria. Quería averiguar los motivos por los que no recordaba nada de la noche anterior. La policía me había desmontado el ordenador, para copiar mi disco duro, y lo habían dejado allí tirado, encima del escritorio, por lo que me puse a montarlo todo de nuevo. Afortunadamente, arrancó a a la primera y navegué por centenares de webs sobre problemas médicos, neurológicos y psicológicos que podrían explicar lo ocurrido. Tras un par de horas, lo único que saqué en claro era que había un montón de causas que podrían haberme provocado la pérdida de memoria y que necesitaba con urgencia un reconocimiento médico, por lo que decidí irme al hospital.

Tras conducir media hora hasta el hospital más cercano y dejar el coche en el parking destinado a las visitas, entré en el servicio de urgencias. No había nadie. Cuando le expliqué a la enfermera de la recepción que no era capaz de recordar lo que había hecho la noche anterior, me miró con cara de sorpresa, pero enseguida se rehizo y me pasó un formulario con muchas preguntas relacionadas con accidentes, golpes en la cabeza, consumo de alcohol, drogas y cosas por le estilo. A todas contesté en sentido negativo. No había sufrido, que yo recordase, nada relacionado con aquellas inquisiciones.

Enseguida salió un médico a atenderme. Tras volverle a explicar todo, y hacerme él un reconocimiento general, donde me examinó los ojos, me buscó golpes en la cabeza y me extrajo sangre, me miró preocupado. No había indicios ni de drogas ni de traumatismos que me hubiesen ocasionado el problema. Quedaba una posible explicación médica: El problema podría ser neurológico. Me tendría que hacer un TAC.

Salí del hospital a las cinco de la mañana, tras una larga espera para realizarme el dicho TAC, con la única certeza de que no tenía ningún problema en mi cabeza. Todo estaba bien. La causa de mi amnesia solo podía ser psicológica y, a aquellas horas, no había psicólogo disponible, por lo que decidí regresar a casa.

Pero al acercarme al coche, en el aparcamiento del hospital, me encontré un sobre sujetado con el limpiaparabrisas. Antes de recogerlo, miré hacia todos lados, buscando a la persona que lo había dejado allí. Había pocos coches aparcados a aquellas horas, y el sitio estaba en su mayoría en penumbras, por lo que no me atreví a registrarlo, no fuera que encontrara de verdad a alguien espiándome ¡No sabría que hacer! Arranqué el sobre del cristal de un manotazo, me subí al coche y salí de allí a toda velocidad. Aparqué a unos pocos kilómetros, en un barrio que no conocía. Quería leer el contenido del maldito sobre antes de llegar a casa. En su interior, solo había escrita una frase en una cuartilla: “En la plaza de la estación, a las seis de la mañana”. No había duda de quién me había dejado el mensaje.

A las seis estaba sentado en la plaza de la estación. Apenas había gente a mi alrededor. Enseguida se me acercó un tipo enfundado en un abrigo, con bufanda marrón y verde, gorro y gafas de sol.

—Quiero que me pagues diez mil euros por mi silencio —me soltó a bocajarro.

—Quiero que me digas qué es lo que sabes realmente —le respondí.

—Sé lo suficiente. Sé que anoche mataste a una chica y que la has hecho desaparecer. Sé que la policía te está investigando y que estás a punto de ser detenido. Solamente les hace falta un pequeño detalle que te relacione con ella, y yo se lo puedo dar.

—¿Qué detalle le puedes dar?

—Sé donde dejaste el cadáver.

—No lo creo. Dime dónde.

—Déjate de juegos. Quiero mi dinero hoy mismo.

—No te lo daré. Primero, que no tengo esa cantidad, y segundo, que si no me dices exactamente qué es lo que sabes, no te diré nada. Ya estoy cansado de ésta situación. Aún no he dormido y no tengo el cuerpo para adivinanzas infantiles ¡O me dices todo lo que sabes, o yo mismo te acompaño a la policía y allí se aclarará todo!

Estaba agotado. Física y mentalmente. Y lo que deseaba era terminar de una vez para siempre con aquella historia. Si el tipo quería denunciarme, que lo hiciera. Igual podría yo alegar enajenación mental y salir airoso de todo aquel trance.

—¡Es lo mejor que podrías hacer, ir a la policía y declararte culpable! ¡Así, por lo menos, la condena será más corta! —dijo el individuo que se escondía detrás de la bufanda y las gafas de sol. Y sin esperar respuesta por mi parte, salió corriendo, dejándome con un palmo de narices.

No traté de perseguirle. Ya me daba todo igual.

Conduciendo hacia mi casa, le iba dando vueltas a todo lo sucedido. Me atormentaba no poder recordar nada, y el estrés no me dejaba recapacitar y tratar de buscar una solución. Se acercaba la hora de ir a la policía y seguía sin saber qué contar.

De repente, se me ocurrió ir a visitar a un vecino del barrio que era abogado. Los sábados solíamos desayunar juntos en el mismo bar y habíamos entablado una relación muy cordial. llevábamos unos años que casi todos los sábados compartíamos mesa y churros y en alguna ocasión le había comentado algún problema laboral, recibiendo buenos consejos por su parte. Así que, viéndole como la última esperanza, desesperado, a las siente y media de la mañana estaba yo aporreando su puerta.

Carlos me abrió en pijama. Traté de explicarle de forma aturullada mis ultimas horas, pero el pobre no entendió nada. Me hizo pasar a su salón, me ofreció un café, y con palabras suaves, me obligó a explicar toda la historia desde el principio. Cuando terminé, se quedó un rato pensando. Después, con tono profesional, comenzó a interrogarme:

—¿A qué comisaría tienes que ir?

— A la del barrio.

—¿La bufanda del tipo que te citó en la plaza de la estación era marrón y tenía tres líneas horizontales y gruesas de color verde? ¿Las gafas de sol era de tipo aviador?

—¡Sí! ¿Cómo lo has sabido?

—Comienzo a entender una parte de lo que está pasando. El tipo que te ha chantajeado es policía. Le llaman el pirata. Es uno de los hombres del comisario Roldan, el que seguramente llevará la investigación de tu caso. Al comisario Roldan le gusta asustar a sus sospechosos mandándoles al pirata para que les haga creer que ha habido testigos. Aunque se suele disfrazar, es tan tonto que siempre lleva la misma bufanda y las mismas gafas. Los delincuentes del barrio lo reconocen de lejos, y yo he asistido a muchos de esos delincuentes como abogado de oficio. La táctica del comisario Roldan es hacerte creer que hay alguien dispuesto a denunciarte, sugiriendo la posibilidad de que confieses voluntariamente. Así él no tiene que trabajar apenas. Él espera que tú te presentes en su despacho y le cuentes toda la verdad, y así, caso resuelto.

Me quedé sin habla. Después de tanto sufrir, de creer que realmente había cometido un crimen que había presenciado un desconocido, ahora resultaba que todo estaba como ayer. Después de estar completamente convencido de que era un asesino, no había ningún indicio de que la noche anterior yo hubiera salido de casa. Volvía a la casilla inicial en este juego de la oca de locos.

Carlos me obligó a ir a casa a ducharme y a ponerme ropa limpia y me acompañó a la comisaría, en calidad de mi abogado. Allí todo el mundo parecía estar esperándome. A nuestro paso, los agentes hablaban entre ellos en susurros y nos miraban con curiosidad. Me sentía igual que un condenado sentado en el burro que le llevaba la hoguera por brujo.

Y efectivamente, nos esperaba el comisario Roldan para tomarnos declaración. Era un tipo maduro, calvo, con cara regordeta y gafas redondas. Tenía unos ojos claros de mirada fría y atemorizadora. Estaba sentado detrás de su escritorio y no se levantó para saludarnos. A su lado había una mesa auxiliar donde estaba sentado un policía detrás de la pantalla de un ordenador, dispuesto a mecanografiar todo lo que allí se hablase.

—¿Es usted Juan Carlos Alpuente? —preguntó el comisario.

—Sí señor —respondí yo, mientras el policía uniformado mecanografiaba torpemente.

—¿Puede decirme donde estuvo hace dos noches, entre las siete y las doce?

—Pues realmente, no lo recuerdo, señor comisario. Ayer me desperté sin poder recordar nada de ese periodo de tiempo. Es algo muy extraño. Esta madrugada he ido al hospital y no me han sabido explicar qué es lo que me pasa. Pero sea lo que sea, el caso es que no puedo recordar anda de esa noche.

—¿No le parece muy oportuno esa amnesia suya?

—O muy inoportuna, según se mire. Si recordase algo, seguramente podría salir de éste lío, porque le aseguro que no he matado a nadie.

—Nadie ha hablado aquí de matar. Es usted quien lo ha dicho.

—Ayer sus hombres registraron mi casa y me hablaron de la desaparición de una chica que habían visto la noche anterior conmigo. Solo le repito lo que sé por ustedes.

—¿Y conoce usted a Isabel Mateos, de veinte años de edad y que vive en su mismo barrio? Tengo a dos testigos, amigos suyos, que me dieron su nombre como el de la persona con la que la dejaron aquella noche.

—No. Pero le recuerdo que yo tengo cincuenta años. Nunca he salido con chicas más jóvenes que yo. Son niñas para mí.

—Con quien sale usted nos debería de dar igual, señor Alpuente, pero si una chica desaparece y ha estado con usted, no debería de mentirnos. Le repito que hay dos testigos que les dejaron juntos. No sea descarado.

—¡No sea descarado usted, señor comisario —dijo Carlos—. Usted ha mandado al pirata a intimidar a mi cliente y como no ponga sobre la mesa todas las cartas, le voy a denunciar ante el juzgado de guardia. Díganos ahora mismo quienes son esos testigos o aténgase a las consecuencias.

El comisario permaneció en silencio un momento, como valorando la amenaza de mi abogado. Después, cogió una carpeta que tenía delante y se la pasó a Carlos.

—Esas son las dos declaraciones que tenemos en contra de su cliente. No hay nada más.

Tras leerlas Carlos con detenimiento, dijo:

—Aquí no hay ni siquiera un indicio de que la chica éste muerta. Ni que mi cliente haya tenido nada que ver con su desaparición. Estos dos chicos solo dicen que la vieron con él sobre las siete de la tarde. Desde esa hora han podido ocurrir mil acontecimientos ajenos a mi cliente. Creo, señor comisario, que en el juzgado le van a tirar de las orejas. Usted esperaba encontrase esta mañana a un sospecho atemorizado y dispuesto a confesar, y creo que le ha salido el tiro por la culata.

El comisario se puso de pie. Sus ojos expulsaban fuego hacia nosotros.

—Señor Juan Carlos Alpuente Martín. Puede irse, pero sepa que no le dejaré ni a sol ni a sombra. Estaré detrás de usted hasta que todo esto se aclare. Usted ha estado con la desaparecida y si calla de forma tan sospechosa es porque ha ocurrido lo peor que podría haber ocurrido. Usted lo sabe y yo también, y llegaré al fondo de la cuestión con su colaboración o sin ella, no le quepa duda.

—¿Cómo me ha llamado? —Le grité, desesperado.

—Juan Carlos Alpuente Martín ¿Ocurre algo?

— ¡Señor comisario, yo me llamo Juan Carlos Alpuente Martos, no Martín!

—¡Dios mío! —gritó Carlos—. ¡Sus testigos hablan de otra persona! ¡Esto es un escándalo! ¡Me voy ahora mismo al juzgado de guardia!

El lío que se organizó en aquel despacho fue tremendo. Todos gritábamos y gesticulábamos como locos. Al final gracias a la destreza negociadora de Carlos, salimos de allí con una disculpa del comisario y totalmente limpios de toda culpa. Casi corrimos a nuestro bar favorito a celebrar la victoria.

Sentados en una mesa, frente a nuestros respectivos cafés con churros, ya completamente relajados, nos reíamos de la aventura vivida en la comisaría. Carlos me explicó que tenía varios clientes en la cárcel solamente por errores de identificación. Cuando alguien se llama José Pérez Sánchez, por ejemplo, no es raro que haya cientos de nombres iguales en las bases policiales. El estar en el lugar indebido y tener uno de estos nombres le puede a uno complicar la vida. A mí, aunque con unos apellidos más extraños, me había pasado algo igual. Ésta vez el error había sido cometido por el policía que buscó en el padrón de habitantes el nombre que habían dado los testigos. Se limitó a comprobar el nombre y el primer apellido y aunque el segundo no era exactamente igual, lo dio por bueno y me identificó como sospechoso. El que yo no recordara lo que había hecho aquella noche, solamente agravó la situación. Inmediatamente la policía pensó que mi amnesia era una estrategia para encubrir el crimen.

—Ha sido una experiencia terrible —dije—. El no ser capaz de recordar nada solo me ha hecho dudar de que fuera yo el autor de un crimen. La presión de la policía ha sido extraordinaria y he estado a punto de confesarme culpable. ¡Este sistema judicial es una mierda!

—Bueno, depende de cómo se maneje —dijo Carlos—. Recuerda que ahora mismo, en éste país, la policía tiene que demostrar que eres culpable. No tienes que demostrar tú que eres inocente. Si te hubieras mantenido sereno, te habrías librado igualmente. Lo que pasa es que demostrar una cosa es muy difícil, y para muchos policías, es mejor hacer alguna trampa para que sus creencias se confirmen que descartarte de entrada por falta de pruebas. Siempre se les exige resultados, y eso tiene sus consecuencias. Hoy has tenido suerte.

—¡Y ayer tuve una pesadilla!

Me levanté cansado. No había dormido bien y me desvelé con extrañas ideas machacando mi cabeza. Pasé toda la noche dormitando, estrujándome los sesos en cosas sin sentido. Era como si una idea estuviese a punto de surgir pero se negaba a hacerlo, y mi cerebro se limitaba a dar vueltas a su alrededor sin llegar a ninguna parte. Me desperté de repente, quizás para evitar seguir un solo segundo más con aquella tortura. Pero fuese lo que fuese, nada más abrir los ojos, pasó. No recuerdo ninguno de aquellos pensamientos repetitivos y torturadores ¿Extraño, no?

En la oficina, con la rutina y la concentración en mis deberes, dejé de pensar en la mala noche que había pasado. Pero a media mañana, ya con todo encarrilado y más relajado, una imagen acudió de repente. Fue un flash, un destello, pero intuí que detrás de aquello había un cuerpo humano.¡Raro, sí! Pero acudió a mi cabeza, durante apenas unas décimas de segundo, la visión de lo que intuía, pues la velocidad de la exposición no me permitía tener ninguna certeza, un torso desnudo. Ni siquiera era capaz de distinguir si era de hombre o de mujer.

Comiendo traté de recrear la imagen, pero estaba cansado y decidí no esforzarme más. Si aquel pensamiento no acudía por si solo, se perdería para siempre en el olvido.

Pero a media tarde vino la policía al trabajo. Eran dos tipos de mediana edad vestidos con vaqueros y jerséis de cuello redondo. Mi jefe nos dejó su despacho para que “hablásemos con tranquilidad” y se marchó sin ni siquiera mirarme.

Querían saber qué había hecho la noche anterior, entre las siete y las doce de la noche. Y aquella pregunta me dejó en blanco. ¡No era capaz de recordar nada de lo que había hecho antes de irme a dormir! Solo recordaba haberme despertado por la mañana y haber venido a trabajar... Por más que me esforzaba, no era capaz de recordar nada. Los policías se miraban el uno al otro con una sonrisa burlona, como diciéndose con la mirada “éste tío se está riendo de nosotros”,pero no insistieron. Solamente me pidieron permiso para registrar mi casa. Cuando les dije cuál era el motivo, me dijeron que una chica había desaparecido y algunos testigos habían declarado haberla visto la noche anterior en mi compañía. Solo querían comprobar si estaba en mi casa y si estaba bien.

No era capaz de recordar nada, pero la imagen del torso acudió de nuevo a mi cabeza y un presentimiento de que algo terrible había ocurrido en mi casa se adueñó de mi alma. Sentí que estaba en peligro, que algo terrible había hecho y que aquellos dos venían a castigarme por ello, así que me negué a que registrasen mi casa. Ellos me amenazaron con que pedirían una orden judicial y que mientras tanto, el exterior estaría vigilado permanentemente, a lo que les respondí, con más miedo que chulería, que lo hiciesen, que yo tenía que defender mis derechos y que ningún juez sería capaz de pisotearlos por unas simples declaraciones. Los maderos se marcharon y yo salí disparado a mi casa.

Llegué a mi calle muerto de miedo. Delante del portal había un coche patrulla estacionado, y en el rellano un agente que me pidió que me identificara. Cuando comprobó que yo era el ocupante de la vivienda, me dejó entrar, pero inmediatamente se puso a hablar por la radio. Cerré rápidamente la puerta, y me puse a registrar las habitaciones. Temía encontrar un cuerpo amputado debajo de alguna cama, en la bañera o debajo de mis propias sábanas...¡Pero allí no había nada!

Con las manos temblorosas, busqué en el cubo de la basura, en el cesto de la ropa sucia, debajo del fregadero... buscaba indicios de que en aquel piso se hubiese cometido un asesinato: Ropa manchada de sangre, objetos personales de otra persona... ¡Pero fuese lo que fuese aquello que tanto temía hallar, en mi casa no estaba!

Desesperado, llamé a todos mis amigos. Quería averiguar si había salido con alguno de ellos la noche anterior. Pero todos me dijeron que no me habían visto. De hecho, por sus respuestas, llegué a la conclusión de que no había salido de casa. No soy un tipo al que le guste salir por ahí de noche y solo. Siempre quedo con alguien. No recordaba nada, pero estaba seguro de que, al menos esa noche, no había cometido ningún crimen.

Entonces sonó la puerta. Un grupo de policías, acompañados de una secretaria judicial, venían con una orden de registro. Me amenazaron con que, si me negaba a que se realizase, me detendrían y el registro se haría igualmente, por lo que los dejé pasar.

Tras tres horas en mi casa, por la que pasaron perros, personal de laboratorio con monos blancos y agentes uniformados y de paisano, y tras mirar mil veces en cada uno de los rincones de mi pequeño apartamento, me entregaron una citación para tomarme declaración la mañana siguiente en comisaría, y se marcharon.

Aquella noche no dormí. Decidí salir a la calle a investigar por mí mi mismo si alguien me había visto, pero enseguida me di cuenta de que no serviría de nada. ¿A dónde iba a ir? Estaba en aquellas cavilaciones cuando, nuevamente, sonó la puerta. Era mi vecino, el cotilla, que quería saber qué había pasado. Le expliqué rápidamente todo y él se puso a meditar.

— Anoche escuché ruidos en tu casa —me soltó a bocajarro, el muy cabrón.

— ¿Ruidos? ¿De qué tipo?

— No sé. Como de una conversación con una chica. ¡Igual podría haber sido la televisión, pero ruidos escuché!

— Éste tipo, como hable con la policía, me hunde en la miseria—pensé. Quizás lo más inteligente era quitármelo de en medio y hacer callar para siempre a aquel impertinente cotilla que seguro que me arruinaría la vida. Pero la policía estaba vigilándome. No era el momento de meterse en más lío.

¿Qué? ¿Cómo había sido capaz siquiera de pensar eso? Yo era una persona tranquila, incapaz de hacerle daño a nadie. El haberme planteado matar a mi vecino, así, casi de forma instantánea, tan solo por hacer insinuaciones insidiosas, no era propio de mí. Aquel asunto me estaba destruyendo.

— ¿Me escuchaste anoche hablar con alguien?—Le pregunté.

— Pensándolo bien, creo que no. Pero quien sabe, tampoco es que te vigile.

El tipo se estaba riendo de mí. Me estaba vacilando y quería ponerme nervioso, pero yo estaba seguro de que aquella noche nada había pasado en mi casa. Con ésta idea, comencé a relajarme, y ya estaba dispuesto a acostarme, después de despedir a mi vecino con muchas prisas y pocas excusas, cuando de pronto el teléfono móvil me avisó de que tenía un mensaje. Era de un número desconocido, pero el texto del mismo me dejó helado: “Anoche te vi y si quieres que no hable con la policía, llámame lo antes posible.”

Temblando, marqué el número del remitente del mensaje. Una voz de hombre ronca, como forzada, dijo “diga”, pero yo permanecí en silencio, sin saber qué decir.

—Sé que eres tú. Se lo que has hecho y quiero dinero por mi silencio.

—¿Qué es lo que sabes? —me atreví a responder.

—Déjate de tonterías. Sé lo de la chica y todo lo que pasó anoche. Pero por un módico precio, puedo olvidarlo fácilmente.

—Antes de pagar, quiero que me digas exactamente qué sabes. Como comprenderás, no le voy a dar dinero al primero que me llame. Demuéstrame realmente que te mereces esa pasta que pretendes cobrar—. No me reconocía a mi mismo hablando de aquella manera, pero había visto demasiadas películas malas de policías como para no saber que siempre aparecía algún listo con ganas de timar al asesino. Y además, si era verdad que existía un testigo que había visto realmente algo, yo era el primero en querer escucharlo, a ver si de una vez comprendía qué estaba pasado.

Hubo un silencio al otro lado de la linea. Después, la voz ronca, con un tono serio, dijo:

—Por teléfono no es seguro dar detalles. Puede que lo tengas pinchado. Tenemos que vernos en algún lugar discreto. Yo organizaré la reunión y te haré llegar los detalles de alguna manera—. Y colgó.

¿El teléfono pinchado? ¡Pues claro. Si el juez había dejado a la policía registrar mi casa, seguro que les habría permitido escuchar mis llamadas.

La cosa era, a aquellas alturas, más que grave. No sabía qué hacer, no sabía qué había hecho y ni siquiera sabía si tenía que pagar a un desconocido que, por lo que parecía, sí sabía de qué iba todo este lío. Me puse a llorar como un niño.


-Continuará.