La pesadilla (segunda parte)

Estaba desesperado, y no se me ocurrió otra cosa que ponerme a buscar en Internet información sobre la pérdida de memoria. Quería averiguar los motivos por los que no recordaba nada de la noche anterior. La policía me había desmontado el ordenador, para copiar mi disco duro, y lo habían dejado allí tirado, encima del escritorio, por lo que me puse a montarlo todo de nuevo. Afortunadamente, arrancó a a la primera y navegué por centenares de webs sobre problemas médicos, neurológicos y psicológicos que podrían explicar lo ocurrido. Tras un par de horas, lo único que saqué en claro era que había un montón de causas que podrían haberme provocado la pérdida de memoria y que necesitaba con urgencia un reconocimiento médico, por lo que decidí irme al hospital.

Tras conducir media hora hasta el hospital más cercano y dejar el coche en el parking destinado a las visitas, entré en el servicio de urgencias. No había nadie. Cuando le expliqué a la enfermera de la recepción que no era capaz de recordar lo que había hecho la noche anterior, me miró con cara de sorpresa, pero enseguida se rehizo y me pasó un formulario con muchas preguntas relacionadas con accidentes, golpes en la cabeza, consumo de alcohol, drogas y cosas por le estilo. A todas contesté en sentido negativo. No había sufrido, que yo recordase, nada relacionado con aquellas inquisiciones.

Enseguida salió un médico a atenderme. Tras volverle a explicar todo, y hacerme él un reconocimiento general, donde me examinó los ojos, me buscó golpes en la cabeza y me extrajo sangre, me miró preocupado. No había indicios ni de drogas ni de traumatismos que me hubiesen ocasionado el problema. Quedaba una posible explicación médica: El problema podría ser neurológico. Me tendría que hacer un TAC.

Salí del hospital a las cinco de la mañana, tras una larga espera para realizarme el dicho TAC, con la única certeza de que no tenía ningún problema en mi cabeza. Todo estaba bien. La causa de mi amnesia solo podía ser psicológica y, a aquellas horas, no había psicólogo disponible, por lo que decidí regresar a casa.

Pero al acercarme al coche, en el aparcamiento del hospital, me encontré un sobre sujetado con el limpiaparabrisas. Antes de recogerlo, miré hacia todos lados, buscando a la persona que lo había dejado allí. Había pocos coches aparcados a aquellas horas, y el sitio estaba en su mayoría en penumbras, por lo que no me atreví a registrarlo, no fuera que encontrara de verdad a alguien espiándome ¡No sabría que hacer! Arranqué el sobre del cristal de un manotazo, me subí al coche y salí de allí a toda velocidad. Aparqué a unos pocos kilómetros, en un barrio que no conocía. Quería leer el contenido del maldito sobre antes de llegar a casa. En su interior, solo había escrita una frase en una cuartilla: “En la plaza de la estación, a las seis de la mañana”. No había duda de quién me había dejado el mensaje.

A las seis estaba sentado en la plaza de la estación. Apenas había gente a mi alrededor. Enseguida se me acercó un tipo enfundado en un abrigo, con bufanda marrón y verde, gorro y gafas de sol.

—Quiero que me pagues diez mil euros por mi silencio —me soltó a bocajarro.

—Quiero que me digas qué es lo que sabes realmente —le respondí.

—Sé lo suficiente. Sé que anoche mataste a una chica y que la has hecho desaparecer. Sé que la policía te está investigando y que estás a punto de ser detenido. Solamente les hace falta un pequeño detalle que te relacione con ella, y yo se lo puedo dar.

—¿Qué detalle le puedes dar?

—Sé donde dejaste el cadáver.

—No lo creo. Dime dónde.

—Déjate de juegos. Quiero mi dinero hoy mismo.

—No te lo daré. Primero, que no tengo esa cantidad, y segundo, que si no me dices exactamente qué es lo que sabes, no te diré nada. Ya estoy cansado de ésta situación. Aún no he dormido y no tengo el cuerpo para adivinanzas infantiles ¡O me dices todo lo que sabes, o yo mismo te acompaño a la policía y allí se aclarará todo!

Estaba agotado. Física y mentalmente. Y lo que deseaba era terminar de una vez para siempre con aquella historia. Si el tipo quería denunciarme, que lo hiciera. Igual podría yo alegar enajenación mental y salir airoso de todo aquel trance.

—¡Es lo mejor que podrías hacer, ir a la policía y declararte culpable! ¡Así, por lo menos, la condena será más corta! —dijo el individuo que se escondía detrás de la bufanda y las gafas de sol. Y sin esperar respuesta por mi parte, salió corriendo, dejándome con un palmo de narices.

No traté de perseguirle. Ya me daba todo igual.

Conduciendo hacia mi casa, le iba dando vueltas a todo lo sucedido. Me atormentaba no poder recordar nada, y el estrés no me dejaba recapacitar y tratar de buscar una solución. Se acercaba la hora de ir a la policía y seguía sin saber qué contar.

De repente, se me ocurrió ir a visitar a un vecino del barrio que era abogado. Los sábados solíamos desayunar juntos en el mismo bar y habíamos entablado una relación muy cordial. llevábamos unos años que casi todos los sábados compartíamos mesa y churros y en alguna ocasión le había comentado algún problema laboral, recibiendo buenos consejos por su parte. Así que, viéndole como la última esperanza, desesperado, a las siente y media de la mañana estaba yo aporreando su puerta.

Carlos me abrió en pijama. Traté de explicarle de forma aturullada mis ultimas horas, pero el pobre no entendió nada. Me hizo pasar a su salón, me ofreció un café, y con palabras suaves, me obligó a explicar toda la historia desde el principio. Cuando terminé, se quedó un rato pensando. Después, con tono profesional, comenzó a interrogarme:

—¿A qué comisaría tienes que ir?

— A la del barrio.

—¿La bufanda del tipo que te citó en la plaza de la estación era marrón y tenía tres líneas horizontales y gruesas de color verde? ¿Las gafas de sol era de tipo aviador?

—¡Sí! ¿Cómo lo has sabido?

—Comienzo a entender una parte de lo que está pasando. El tipo que te ha chantajeado es policía. Le llaman el pirata. Es uno de los hombres del comisario Roldan, el que seguramente llevará la investigación de tu caso. Al comisario Roldan le gusta asustar a sus sospechosos mandándoles al pirata para que les haga creer que ha habido testigos. Aunque se suele disfrazar, es tan tonto que siempre lleva la misma bufanda y las mismas gafas. Los delincuentes del barrio lo reconocen de lejos, y yo he asistido a muchos de esos delincuentes como abogado de oficio. La táctica del comisario Roldan es hacerte creer que hay alguien dispuesto a denunciarte, sugiriendo la posibilidad de que confieses voluntariamente. Así él no tiene que trabajar apenas. Él espera que tú te presentes en su despacho y le cuentes toda la verdad, y así, caso resuelto.

Me quedé sin habla. Después de tanto sufrir, de creer que realmente había cometido un crimen que había presenciado un desconocido, ahora resultaba que todo estaba como ayer. Después de estar completamente convencido de que era un asesino, no había ningún indicio de que la noche anterior yo hubiera salido de casa. Volvía a la casilla inicial en este juego de la oca de locos.

Carlos me obligó a ir a casa a ducharme y a ponerme ropa limpia y me acompañó a la comisaría, en calidad de mi abogado. Allí todo el mundo parecía estar esperándome. A nuestro paso, los agentes hablaban entre ellos en susurros y nos miraban con curiosidad. Me sentía igual que un condenado sentado en el burro que le llevaba la hoguera por brujo.

Y efectivamente, nos esperaba el comisario Roldan para tomarnos declaración. Era un tipo maduro, calvo, con cara regordeta y gafas redondas. Tenía unos ojos claros de mirada fría y atemorizadora. Estaba sentado detrás de su escritorio y no se levantó para saludarnos. A su lado había una mesa auxiliar donde estaba sentado un policía detrás de la pantalla de un ordenador, dispuesto a mecanografiar todo lo que allí se hablase.

—¿Es usted Juan Carlos Alpuente? —preguntó el comisario.

—Sí señor —respondí yo, mientras el policía uniformado mecanografiaba torpemente.

—¿Puede decirme donde estuvo hace dos noches, entre las siete y las doce?

—Pues realmente, no lo recuerdo, señor comisario. Ayer me desperté sin poder recordar nada de ese periodo de tiempo. Es algo muy extraño. Esta madrugada he ido al hospital y no me han sabido explicar qué es lo que me pasa. Pero sea lo que sea, el caso es que no puedo recordar anda de esa noche.

—¿No le parece muy oportuno esa amnesia suya?

—O muy inoportuna, según se mire. Si recordase algo, seguramente podría salir de éste lío, porque le aseguro que no he matado a nadie.

—Nadie ha hablado aquí de matar. Es usted quien lo ha dicho.

—Ayer sus hombres registraron mi casa y me hablaron de la desaparición de una chica que habían visto la noche anterior conmigo. Solo le repito lo que sé por ustedes.

—¿Y conoce usted a Isabel Mateos, de veinte años de edad y que vive en su mismo barrio? Tengo a dos testigos, amigos suyos, que me dieron su nombre como el de la persona con la que la dejaron aquella noche.

—No. Pero le recuerdo que yo tengo cincuenta años. Nunca he salido con chicas más jóvenes que yo. Son niñas para mí.

—Con quien sale usted nos debería de dar igual, señor Alpuente, pero si una chica desaparece y ha estado con usted, no debería de mentirnos. Le repito que hay dos testigos que les dejaron juntos. No sea descarado.

—¡No sea descarado usted, señor comisario —dijo Carlos—. Usted ha mandado al pirata a intimidar a mi cliente y como no ponga sobre la mesa todas las cartas, le voy a denunciar ante el juzgado de guardia. Díganos ahora mismo quienes son esos testigos o aténgase a las consecuencias.

El comisario permaneció en silencio un momento, como valorando la amenaza de mi abogado. Después, cogió una carpeta que tenía delante y se la pasó a Carlos.

—Esas son las dos declaraciones que tenemos en contra de su cliente. No hay nada más.

Tras leerlas Carlos con detenimiento, dijo:

—Aquí no hay ni siquiera un indicio de que la chica éste muerta. Ni que mi cliente haya tenido nada que ver con su desaparición. Estos dos chicos solo dicen que la vieron con él sobre las siete de la tarde. Desde esa hora han podido ocurrir mil acontecimientos ajenos a mi cliente. Creo, señor comisario, que en el juzgado le van a tirar de las orejas. Usted esperaba encontrase esta mañana a un sospecho atemorizado y dispuesto a confesar, y creo que le ha salido el tiro por la culata.

El comisario se puso de pie. Sus ojos expulsaban fuego hacia nosotros.

—Señor Juan Carlos Alpuente Martín. Puede irse, pero sepa que no le dejaré ni a sol ni a sombra. Estaré detrás de usted hasta que todo esto se aclare. Usted ha estado con la desaparecida y si calla de forma tan sospechosa es porque ha ocurrido lo peor que podría haber ocurrido. Usted lo sabe y yo también, y llegaré al fondo de la cuestión con su colaboración o sin ella, no le quepa duda.

—¿Cómo me ha llamado? —Le grité, desesperado.

—Juan Carlos Alpuente Martín ¿Ocurre algo?

— ¡Señor comisario, yo me llamo Juan Carlos Alpuente Martos, no Martín!

—¡Dios mío! —gritó Carlos—. ¡Sus testigos hablan de otra persona! ¡Esto es un escándalo! ¡Me voy ahora mismo al juzgado de guardia!

El lío que se organizó en aquel despacho fue tremendo. Todos gritábamos y gesticulábamos como locos. Al final gracias a la destreza negociadora de Carlos, salimos de allí con una disculpa del comisario y totalmente limpios de toda culpa. Casi corrimos a nuestro bar favorito a celebrar la victoria.

Sentados en una mesa, frente a nuestros respectivos cafés con churros, ya completamente relajados, nos reíamos de la aventura vivida en la comisaría. Carlos me explicó que tenía varios clientes en la cárcel solamente por errores de identificación. Cuando alguien se llama José Pérez Sánchez, por ejemplo, no es raro que haya cientos de nombres iguales en las bases policiales. El estar en el lugar indebido y tener uno de estos nombres le puede a uno complicar la vida. A mí, aunque con unos apellidos más extraños, me había pasado algo igual. Ésta vez el error había sido cometido por el policía que buscó en el padrón de habitantes el nombre que habían dado los testigos. Se limitó a comprobar el nombre y el primer apellido y aunque el segundo no era exactamente igual, lo dio por bueno y me identificó como sospechoso. El que yo no recordara lo que había hecho aquella noche, solamente agravó la situación. Inmediatamente la policía pensó que mi amnesia era una estrategia para encubrir el crimen.

—Ha sido una experiencia terrible —dije—. El no ser capaz de recordar nada solo me ha hecho dudar de que fuera yo el autor de un crimen. La presión de la policía ha sido extraordinaria y he estado a punto de confesarme culpable. ¡Este sistema judicial es una mierda!

—Bueno, depende de cómo se maneje —dijo Carlos—. Recuerda que ahora mismo, en éste país, la policía tiene que demostrar que eres culpable. No tienes que demostrar tú que eres inocente. Si te hubieras mantenido sereno, te habrías librado igualmente. Lo que pasa es que demostrar una cosa es muy difícil, y para muchos policías, es mejor hacer alguna trampa para que sus creencias se confirmen que descartarte de entrada por falta de pruebas. Siempre se les exige resultados, y eso tiene sus consecuencias. Hoy has tenido suerte.

—¡Y ayer tuve una pesadilla!